Mitos japoneses

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Mitos japoneses

Mensaje por Saevör Ælfwynn Haukr el Vie 21 Nov 2008, 16:53

La Creación de Japón
En el principio, tras la formación del Cielo y de la Tierra, tres dioses se crearon a sí mismos y se escondieron en el cielo. Entre éste y la Tierra apareció algo con aspecto de un brote de junco, y de él nacieron dos dioses, que también se escondieron. Otros siete dioses nacieron de la misma manera, y los dos últimos se llamaron Izanagi e Izanami.
Izanagi e Izanami
Estos dos dioses fueron encargados por los demás dioses de formar las islas japonesas. Izanagi e Izanami, entonces, hundieron una lanza adornada con piedras preciosas en el mar inferior, la agitaron y al sacarla, las gotas que de ella resbalaban formaron la isla de Onokoro (lo que sería la isla de Hokkaido).
Descendiendo de los cielos, Izanagi e Izanami resolvieron construir allí su hogar, así que clavaron la lanza en el suelo para formar el Pilar Celestial. Descubrieron que sus cuerpos estaban formados de manera diferente, por lo que Izanagi preguntó a su esposa Izanami si sería de su agrado concebir más tierra para que de ella nacieran más islas. Como ella accedió, ambos inventaron un matrimonio ritual: cada uno tenía que rodear el Pilar Celestial andando en direcciones opuestas.
Cuando se encontraron, Izanami exclamó: “¡Qué encantador! ¡He encontrado un hombre atractivo!”, y a continuación hicieron el amor. En lugar de parir una isla, Izanami dio a luz a un deforme niño sanguijuela al que lanzaron al mar sobre un bote hecho de juncos. Después se dirigieron a los dioses para pedir consejo, y éstos les explicaron que el error estaba en el ritual del matrimonio, ya que ella no debía haber hablado primero al encontrarse alrededor del Pilar, pues no es propio de la mujer iniciar la conversación.
Así pues, ambos repitieron el ritual, pero esta vez Izanagi habló primero, y todo salió según sus deseos. Con el tiempo, Izanagi concibió todas las islas que forman el Japón, creando, además, dioses para embellecer las islas, y después hicieron dioses del viento, de los árboles, de los ríos y de las montañas, con lo que su obra quedó completa. El último dios nacido de Izanami fue el dios del fuego, cuyo alumbramiento produjo tan graves quemaduras en los genitales de la diosa que ésta murió. Y todavía, mientras moría, nacieron más dioses a partir de su vómito, su orina y sus excrementos. Izanagi estaba tan furioso que le cortó la cabeza al dios del fuego, pero las gotas de sangre que cayeron a la Tierra dieron vida a nuevas deidades.
El más allá
Tras la muerte de Izanami, Izanagi quiso seguirla en su viaje a Yomi, la región de los muertos, pero ya era demasiado tarde. Cuando llegó allí, Izanami ya había comido en Yomi, lo que hacía imposible su vuelta al mundo de los vivos. La diosa pidió a su esposo que esperase pacientemente mientras ella discutía con los demás dioses si era o no posible su retorno al mundo, pero Izanagi no fue capaz; impaciente, rompió una punta de la peineta que llevaba, le prendió fuego para que le sirviese de antorcha y después entró en la sala.
Lo que vio allí fue espantoso: los gusanos se retorcían ruidosamente en el cuerpo putrefacto de Izanami. Izanagi quedó aterrado al contemplar la visión del cuerpo de Izanami, por lo que dio media vuelta y salió huyendo de allí. Encolerizada por la desobediencia de su marido, Izanami envió tras él a las brujas de Yomi y a los fantasmas del lugar, pero Izanagi pudo despistarlos haciendo uso de sus trucos mágicos.
Cuando por fin llegó a la frontera que separa el mundo de los muertos del de los vivos, Izanagi lanzó a sus perseguidores tres melocotones que allí encontró, retirándose las brujas y fantasmas a toda prisa. Finalmente, fue la propia Izanami quien salió en persecución de Izanagi. Este colocó una gigantesca roca en el paso que unía Yomi con el mundo de los vivos, de modo que Izanami y él se vieron uno a cada lado del enorme obstáculo. Izanami dijo entonces: ”Oh, mi amado marido, si así actúas haré que mueran cada día mil de los vasallos de tu reino”, a lo que Izanagi contestó “Oh, mi amada esposa, si tales cosas haces yo daré nacimiento cada día a mil quinientos”.
Finalmente llegaron a un acuerdo, mediante el cual la cifra de nacimientos y fallecimientos se mantienen en la misma proporción. Ella le dijo que debía aceptar su muerte y él prometió no volver a visitarla. Entonces ambos declararon el fin de su matrimonio. Esta separación significó el comienzo de la muerte para todos los seres.
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Re: Mitos japoneses

Mensaje por Saevör Ælfwynn Haukr el Vie 21 Nov 2008, 16:53

La creación de los dioses mayores
Izanagi se sometió entonces a un proceso de purificación para librarse de la suciedad que pudiera haber contaminado su cuerpo durante el descenso al mundo inferior. Llegó a la llanura junto a la desembocadura del río y se libró de sus ropas y de todo cuanto llevaba. Y allí donde dejaba caer una prenda o un objeto, del suelo salía una deidad. Y nuevos dioses se iban creando a medida que Izanagi entraba en el agua para limpiar su cuerpo. Finalmente, cuando lavó su cara fueron creados los dioses más importantes del panteón japonés; al secar su ojo izquierdo apareció Amaterasu, la diosa Sol; de su ojo izquierdo nació la diosa Luna, Tsuki-yomi; el dios de la tormenta, Susano-o no Mikoto, fue engendrado de su nariz.
Izanagi decidió entonces dividir el mundo entre sus hijos. Encargó a Amaterasu el gobierno del cielo, a Tsuki-yomi el de la noche y a Susano-o no Mikoto el cuidado de los mares. Pero este último dijo que prefería ir al Mundo Inferior con su madre, así que Izanagi lo desterró a Yomi y después se retiró del mundo para vivir en el alto cielo.
El engaño de Susano-o no Mikoto
Antes de ser desterrado a Yomi, Susano-o quiso despedirse de Amaterasu, pero en realidad quería traicionarla ya que estaba celoso de la belleza y preeminencia de su hermana. Amaterasu, recelosa de la actitud de su hermano, se armó con arco y flechas antes de acudir a la cita, pero Susano-o se mostró realmente encantador y acabó cautivando a la diosa con la sugerencia de engendrar hijos juntos como prueba de buena fe. Amateratsu accedió, pero antes exigió que le entregase su espada, que inmediatamente quebró con su boca en tres pedazos, mientras de su aliento salían tres diosas. Susano-o pidió a Amateratsu cinco collares, los cuales masticó para engendrar otros tantos dioses.
Al momento se entabló una discusión entre ambos por la custodia de los hijos, pues Amaterasu los reclamaba como suyos al haber sido formados de sus propias joyas. Su hermano, sin embargo, creyó haber engañado a la diosa y lo celebró rompiendo las paredes que contenían los campos de arroz, bloqueando los canales de irrigación y defecando en el templo donde había de celebrarse el festival de la cosecha. Su desconcertante comportamiento es el germen de la enemistad que nació entre los dos dioses. Susano-o, a pesar de haber sido desterrado, se quedó merodeando por la Tierra y el Cielo.
La desaparición del Sol
Un día, mientras Amaterasu se encontraba tejiendo ropas para los dioses, Susano-o arrojó un caballo desollado que atravesó el tejado de la sala en la que la diosa y sus ayudantes trabajaban. Una de ellas se asustó de tal modo que se pinchó con la aguja y murió. Tan atemorizada quedó la propia diosa que después de aquello se escondió en una cueva y bloqueó la entrada con una enorme piedra. Sin la diosa Sol, el mundo quedó sumido en la oscuridad y el caos.
Una asamblea de ochocientas deidades se reunió para hallar la manera de sacar a Amaterasu de la cueva. Decidieron que la única manera de lograrlo sería excitando su curiosidad, así que decoraron un árbol con ofrendas y joyas, encendieron fuego y danzaron al ritmo de los tambores, alabando la belleza de otra diosa para provocar sus celos. Colocaron un espejo mágico a la entrada de la cueva, llevaron gallos al lugar para que cantaran y persuadieron a la diosa de la Aurora, Ama No Uzume, para que bailara. En un momento de abandono, la diosa empezó a quitarse las ropas, para solaz del resto de los dioses, que la llamaron “Terrible Hembra del Cielo”.
Como esperaban, Amaterasu se asomó a la entrada de la cueva para averiguar qué estaba sucediendo. Los dioses respondieron que estaban celebrando una fiesta porque habían encontrado a su sucesora y que ésta era incluso mejor que la propia Amaterasu. Sin pensarlo, la diosa salió de la cueva y vio su reflejo en el espejo mágico. En ese momento, el dios Tajikawa la agarró, obligándola a salir de su escondite y bloqueando la entrada para impedir que volviera a desaparecer. La vida volvió a la Naturaleza y desde aquel momento el mundo ha conocido el ciclo normal del día y la noche. El espejo fue confiado al mítico Primer Emperador de Japón, descendiente directo de la diosa, como prueba de su divino poder.
Los ochocientos dioses castigaron a Susano-o cortando su barba y bigote, arrancándole las uñas de las manos y los pies, y arrojándole del Cielo. Fue entonces cuando el dios comenzó su vida errante y vagabunda por la Tierra.
La Leyenda de Orochi
Cientos de años atrás, en Japón se creía que los dioses, las bestias y los humanos solían vivir juntos compartiendo la tierra. Los humanos rendían sacrificios a los dioses como gratitud por los poderes sobrenaturales que usaban para ayudarlos, los monstruos y las bestias rara vez molestaban a los humanos. Pero el balance entre humanos, dioses y bestias se perturbó cuando Izanagi, el primer rey de los dioses fue a la guerra en contra de su esposa Izanami. La guerra trajo como consecuencia el nacimiento de seres malvados, los Oni usados como soldados y los Dragones quienes surgían de las plantas que se alimentaban de la sangre derramada de los dioses.
Por supuesto no todos estos nuevos seres eran malvados, pero el mal surgió en los corazones de muchos dioses durante la guerra ya que estaban expuestos a las llamas de los infiernos. Así fue como los Dragones nacidos de esa sangre fueron malvados también. “Yamata no Orochi” o el “Dragón de las Ocho Cabezas” fue una de las malvadas criaturas nacidas de la sangre de las divinidades en conflicto.
La tierra de Izumo (lo que es ahora la prefectura de Shimane) fue bendecida con la presencia de una hermosa princesa conocida como Kushinada. Orochi invadió Izumo con su presencia poco después de que Kushinada cumpliera 16 años y demandó el sacrificio de ocho doncellas cada luna llena para apaciguar su apetito. Si el sacrificio no se rendía, los habitantes verían sus tierras destruidas. Los años pasaron y más y más doncellas eran sacrificadas, hasta que al final sólo quedó la princesa Kushinada.
El dios Susano-o visitaba esas tierras por aquel entonces y quedó perdidamente enamorado de la princesa al espiarla por una ventana. Prometió al rey de Izumo que él destruiría a Orochi con la condición de tomar a la princesa como esposa.
Se le presentaron ocho copas de vino a Orochi en la noche del sacrificio de la princesa Kushinada. El sirviente que le llevó el vino insistió en que debían entretenerse con el alcohol antes de disfrutar la tan esperada comida. Orochi aceptó y bebió con sus ocho cabezas de las respectivas copas. No esperaron mucho antes de oír los fuertes ronquidos causados por la borrachera de Orochi.
Fue entonces que el sirviente se quitó su disfraz y revelo su verdadera identidad, el dios del trueno, Susano-o. Le cortó las cabezas a Orochi, de su ombligo sacó el sagrado medallón de la vida, la Magatama y las lágrimas de la última cabeza en morir fueron transformadas en un espejo.
A cambio de la mano de la princesa Kushinada, Susano-o dejó su espada, la cuál más tarde se conocería como Asesina de Dragones o “Espada Kusanagi”, el medallón Magatama y el espejo, el cuál más tarde fue entregado a Yata, la hermana menor de Kushinada. Estos objetos son conocidos como “Los tres tesoros sagrados del Japón” y se dice que son preservados en el Palacio Imperial en Tokio.
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